viernes, 12 de julio de 2024

La pandemia de la moda de los “influencers”

  

La pandemia del Covid-19 provocó muchos e importantes cambios para la humanidad. Uno de ellos fue la democratización del consumo generalizado de las redes sociales y el uso, mal uso y abuso de las pantallas, como medio para socializar, trabajar, educarse, entretenerse, etc. En efecto, las redes sociales fueron una de las soluciones que se usó para sobrellevar la crisis sanitaria desde los hogares. Los usuarios españoles de las redes dedicaban, por término medio, más de 6h. diarias a navegar por internet. Por eso, todas las plataformas crecieron en penetración, en tiempo de uso y en número de usuarios.

Este contexto potenció también uno de los perfiles más importantes de las redes sociales, que venía destacando desde hacía tiempo: la moda de los “influencers”. Su exposición creció y se consolidó con la pandemia y la postpandemia, al convertirse en la mejor y mayor inversión y en los mejores embajadores para las empresas. De hecho, durante la pandemia, fueron una fuente de entretenimiento y de prácticas contra la pandemia, y el instrumento para la comercialización de ciertos productos y servicios.

Los “influencers” son internautas con cierta reputación (?) o fama, que publican contenidos, que son leídos y vistos por miles o millones de seguidores, y con capacidad para influir sobre éstos. Y es tal su poder de convicción e influencia que los burócratas de Bruselas, en la última  campaña para las europeas (9J de 2024), solicitaron y utilizaron sus servicios para potenciar la participación de los jóvenes en las mismas. E, incluso, la Iglesia Católica va a canonizar a Carlo Acutis, “influencer” que murió a los 15 años y que es conocido por su labor de evangelización a través de internet.

Los “influencers” se han especializado (?) y actúan en los más variados sectores: moda, maquillaje y belleza, “foodies”, “gamers”, entretenimiento, “vloggers” y vida personal, viajes, “fitness”, política, economía, cultura, etc. Además de convertirse en prescriptores y en creadores de opinión o de tendencia para la masa, demasiadas veces sin fundamento, su obsesión es sumar “likes” y seguidores, hacer caja, vivir del cuento, explotando, esclavizando y engatusando a los internautas.

Los “influencers” infantiles: reyes de la casa o, más bien, esclavos de la casa

Hoy, muchos padres, con un apetito económico desenfrenado, usan a sus hijos para hacer caja y vivir gracias a la explotación de sus hijos. Para ello, no dudan en invertir tiempo, esfuerzo y recursos para convertir a sus hijos en jugadores de fútbol de élite o en participantes en concursos musicales o en “niños influencers”, etc. En esta columna vamos a detenernos y centrarnos sólo en los “niños-influencers”, explotados y esclavizados por sus propios progenitores, por medio de las redes sociales.

Estos “influencers infantiles” han sido objeto de análisis críticos en los medios de comunicación y en las redes; y se han convertido ya en protagonistas de la creación literaria en este inicio del s. XXI. Es el caso, por ejemplo, del relato de Delphine de Vigan, « Les enfants sont rois »* (2021, Gallimard, París).

En este relato, de Vigan narra la historia de una pareja: él, Bruno, informático; ella, Mélanie, anónima ama de casa y adicta a los “reality show”. Cuando ésta se convierte en madre (una hija, Kimmy; un hijo, Sammy), aburrida en casa, empieza a grabar el día a día de los niños y a colgar los videos en las redes sociales. Con el paso del tiempo, crecen rápidamente las visitas, los seguidores, los “likes”; llegan los patrocinadores y el dinero empieza a fluir copiosamente hacia la economía familiar. Así, lo que, en un  principio, era grabar, de vez en cuando, las andanzas de los hijos se profesionaliza y se convierte en una máquina de tortura, para los hijos, y de acuñar dinero, para los padres. Esta profesionalización obliga a los hijos a realizar rodajes interminables y agotadores, y a hacer frente a retos absurdos para generar videos. A pesar de una fachada “friendly”, en realidad, en los videos, todo es artificioso, todo está a la venta y la felicidad está impostada.

Mientras fueron pequeños, los hijos de Mélanie vivieron el sueño de todo niño: tener de todo y enseguida. Ahora bien, estos reyes de la casa o, más bien, “esclavos de la casa” empezaron a tener comportamientos censurables en la niñez: no aceptan un “no” como respuesta o que les pongan límites; no toleran la frustración, son egocéntricos, son quejicas, tienen necesidad de hacerse ver y llamar la atención, etc.

Ahora bien, al llegar a la mayoría de edad, los hijos de Mélanie —explotados y esclavizados, durante la niñez y la adolescencia— acusan las consecuencias negativas de la sobreexposición infantil en las redes: por un lado, rompen amarras con los explotadores padres; y, por el otro, los denuncian ante la justicia. En realidad, Sammy y Kimmy son dos juguetes rotos: Kimmy, consumidora de drogas y sexo; Sammy, carne de psiquiatra, afectado por el síndrome de Truman Show (delirio paranoico, que afecta a las personas expuestas a la celebridad). Además la pareja (Bruno y Mélanie) se separan. Lo que mal empieza, mal acaba.

Moraleja

La historia literaria de los hijos de Mélanie no es el producto de la imaginación de Vigan ni un caso único. Es el reflejo de la sociedad actual: más de un padre y/o madre empiezan a explotar y a monetizar la imagen de sus retoños, incluso antes de su concepción o siendo aún unos “nasciturus”. Un caso actual y español, entre otros muchos, es el de la pareja Aida Domènech y Alba Paul Dulceida que, hace unas semanas, difundieron, por las redes sociales, la ecografía de su futuro hijo, concebido según el método ROPA: Dulceia ha aportado el óvulo y Aida está asegurando la gestación. Casos así están creando también tendencia y están en el origen de un “baby boom” entre parejas de mujeres.

La moda de los “influencers” ilustra la deriva de la sociedad occidental, en la que se vive para ser visto y donde “le paraître” (el “parecer”) y el “avoir” (el “tener”) son más importantes que “l’être” (el “ser”),  en un mundo dominado por las redes sociales, donde todo se compra y se vende, redes que permiten comercializar y monetizar desde la vida privada e íntima hasta las ideas más absurdas e inconsistentes. El todo vale y el fin justifica los medios se han impuesto como principios rectores para los “influencers” y para los ciudadanos, si con ello se consigue fama y se 0btienen unos ingresos copiosos, que permitan vivir sin hacer nada de provecho, i.e. del cuento.

En estos últimos días, los medios se han hecho eco de “La ley de influencers” (Real Decreto 444/2024, de 30 de abril). Ahora bien, el objeto de la misma no es acabar con la explotación y esclavitud de los menores por parte de los padres, con la alienación contemporánea, con la comercialización de la intimidad, con la falsa felicidad proyectada en las pantallas y con la manipulación de las emociones. Su objetivo es controlar lo que dicen y lo que ganan los “influencers”. Por eso, el futuro, en este campo, no augura nada bueno.

(*) Publicado en español con el título “Los reyes de la casa” (Anagrama, Barcelona, 2022).

© 2024 - Manuel I. Cabezas González

https://honrad.blogspot.com/

 Publicado también en Diario de Santiago.es, El Confidencial Digital, Diario 16, Catalunya Press y La Paseata.

11 de julio de 2024

miércoles, 12 de junio de 2024

La sumisión al Islam

 

Las tres premonitorias y certeras distopías del s. XX

En la historia de la literatura de la primera mitad del s. XX, se recogen tres novelas distópicas en las que se describe la nefasta deriva de la sociedad occidental, que ha conducido al mundo que conocemos hoy. Cronológicamente, se trata de “Un mundo feliz” (1932), de Aldous Huxley; de “1984” (1949), de George Orwell; y de “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury.

En “Un mundo feliz”, Huxley presenta un mundo muy regulado, tecnológico y deshumanizado, dividido en castas y en el que los individuos son planificados y alterados genéticamente. En este mundo, los individuos son siempre felices, gracias al consumo desenfrenado, al divertimento constante y al “soma”, droga pata eliminar las frustraciones y las emociones negativas. Ahora bien, en este mundo, el amor, las relaciones, los sentimientos, la capacidad y la libertad de razonar —que nos hace sentirnos vivos y humanos— no tienen cabida. En esta sociedad, los individuos creen ser libres y, en realidad, son víctimas y esclavos del consumo, del entretenimiento y del placer (cf. hoy, mundo occidental).

En “1984”, Orwell describe una país totalitario y represivo, que mantiene a los ciudadanos en constante vigilancia (de pensamiento, deseos y relaciones personales y familiares),  por medio de pantallas y micrófonos (cf. hoy: China, Corea del Norte, Rusia y cada vez más países); un país donde las relaciones humanas y el deseo sexual están prohibidos; un país donde el pensamiento crítico, la memoria/historia, la cultura y la libertad han desaparecido; un país donde el “Ministerio de la Verdad” se ocupa de reescribir la historia y de la propaganda, mediante la educación, los medios, el entretenimiento y el arte; un país donde reina el “doblepensar”, por medio de una “neolengua”, para pensar y verbalizar dos opiniones contradictorias y aceptar ambas y a la vez (cf. Pedro Sánchez, casta política, Ley de Memoria Histórica, etc.).

En “Fahrenheit 451”, Bradbury presenta un mundo donde los libros (símbolos y soporte de sabiduría y garantía de la memoria colectiva) están prohibidos y donde los bomberos son los encargados de localizarlos y de quemarlos para que el virus de la infección del pensamiento crítico no se propague. Se trata también de una sociedad deshumanizada y sin cultura, donde los individuos llevan una vida superficial y vacía, basada en el consumo, el entretenimiento y el placer desenfrenados. En esta sociedad, la gente siempre habla de lo mismo, nadie dice nada diferente ni original, que es lo que pasa en la actualidad. Por otro lado, hoy, en un mundo de conexiones virtuales, en el que las pantallas son omnipresentes, ya no haría falta quemar libros, ya que la gente no lee ni aprende ni, por lo tanto, sabe.

Ante estos siniestros relatos premonitorios, nadie se dio por aludido ni movió un dedo. Y, algunas décadas después, nos encontramos donde estamos: en una sociedad que ha materializado las distopias precitadas; en una sociedad desarmada y sin medios para criticar y oponerse, por citar sólo algunos casos, a la “Agenda 2030”, a “La Europa Verde”, a “la Ley de Restauración de la Naturaleza”, a “la Ciudad 20 Minutos”, a los movimientos “woke”, etc.; en una sociedad que camina hacia un mundo donde se aplicará ese eslogan del Foro de Davos y de la Agenda 2030, que reza así: “En 2030 no tendrás nada y serás feliz”, como recoge el título del relato de Aldous Huxley.

La distopía europea del s. XXI: “Soumission”

En 2015, Michel Houellebecq, escritor francés que no deja indiferente a nadie, publicó también un relato distópico, titulado “Soumission”, donde relata lo que puede suceder en Francia en un futuro próximo. En su relato, Houellebecq narra cómo, en unas próximas elecciones presidenciales y con unos partidos tradicionales abandonados por los ciudadanos, Mohammed Ben Abbes, carismático y moderado líder de los Hermanos Musulmanes, derrota, con el apoyo del PSF y la derecha, a la candidata del Frente Nacional, en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.

Con Ben Abbes en el poder, se empiezan a producir una serie de cambios  en la vida de los franceses: los judíos han emigrado a Israel, las mujeres han cambiado las faldas por blusas largas y pantalones, se permite la poligamia, se anulan las leyes de igualdad entre el hombre y la mujer, se islamiza La Sorbona, se aplica la “sharía”,… Además, Ben Abbes pretende ampliar la Unión Europea a los países árabes mediterráneos, para convertirla en una nuevo “Imperio Romano Islámico”, con Francia como eje central.

“Soumission”: ¿distopia o crónica de una realidad anunciada, a corto o medio plazo?

En “Soumission”, Houellebecq plantea el espinoso tema de la islamización de la sociedad europea. Por eso, fue víctima de amenazas por pate de los fundamntalistas y tuvo que desaparecer durante una buena temporada, como Salman Rushdie por sus “Versos satánicos”, de la vida social.

Hasta ahora, esta distopía no se ha materializado pero, según muchos demógrafos, vamos camino de que se cumpla, si no se hace nada para impedirlo, tanto en Francia como en otros países y en la Unión Europea en su conjunto. En efecto, desde hace décadas, la UE es uno de los destinos privilegiados de una inmigración tanto regular como irregular. En 2021, de los 446,7 millones de habitantes de la UE, 23,8 millones  procedían de países no pertenecientes a la UE (5,3% de la población total). Si se incluyen las personas nacidas fuera de la UE pero con ciudadanía europea, la cifra sube a 38 millones (8,5%). Tres cuartas partes de ello se han instalado en Alemania, Francia, España e Italia.

Entre los inmigrantes, la comunidad más numerosa y en crecimiento constante es la musulmana, gracias a la inmigración, a la tasa de natalidad y al índice de fecundidad (2,9 niños por mujer musulmana frente el 1,5 niños de las no musulmanas). Se estima que, en la U.E., viven unos 25 millones de musulmanes (5% de la población total) y hay unas 6.000 mezquitas. Según proyecciones para el 2050, el número de musulmanes europeos se triplicará (el 14%). Algunos consideran que la política migratoria de puertas abiertas de la U.E. ha sido como un caballo de Troya y no es presagio de nada bueno. El profesor Fernando León Jiménez, después de Oriana Fallaci, ha empezado a utilizar el nombre de “Eurabia” para designar a una futura Europa en la que la cultura dominante será la islámica. La evolución demográfica está en el origen de una creciente desconfianza y hostilidad hacia los musulmanes, percibidos como una amenaza para las identidades nacionales, la seguridad interna y la cohesión social. Por eso, ha surgido una cierta islamofobia entre los europeos y una cierta radicalización entre los musulmanes europeos.

La distopía de Houellebecq tiene todos los visos de que se convierta en realidad a corto plazo, confirmando así lo expresado, hace décadas, por Boumedian en la ONU o por Gadafi: Conquistaremos Europa con el vientre de nuestras mujeres”; o por unas mujeres musulmanas. en un mercadillo de Burgos: “Llegaremos a dominaros gracias a nuestros vientres y a vuestra tolerancia” (buenismo ciego y bobalicón).

© 2024 - Manuel I. Cabezas González

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9 de junio de 2024

miércoles, 17 de abril de 2024

Uso, mal uso y abuso de los móviles

  Familia “empantallada”

En 2019, el neurocientífico francés, Michel Desmurget, publicó un documentado, argumentado y prolijo ensayo, titulado “La fabrique du crétin digital. Les dangers des écrans pour les enfants* (Ed. du Seuil, Paris). Este ensayo constituye una llamada de atención en toda regla y una invitación a la reflexión sobre el uso, el mal uso y el abuso de las pantallas (TV, consola, ordenador, tableta y la reina de las pantallas, el móvil). Y va dirigido a padres, profesores y poderes públicos, ocupados y preocupados por la educación, el saber estar y el saber vivir de sus hijos, de sus alumnos y de los ciudadanos.

Los desaguisados del uso de los móviles. Es tal la gravedad y la trascendencia de los estragos causados por las pantallas que, a lo largo de 2021, dediqué hasta 5 columnas para difundirlos, lanzándolos al mar de los medios. Entre ellos, me centré en “los insuficientes resultados escolares”; en el “deficiente desarrollo cognitivo”; en “la degradación de la salud”; en “la multitarea”, que ilustra esa paremia popular que reza así: el que mucho abarca poco aprieta; y finalmente, me preguntaba y trataba de responder a la pregunta: “qué hacer ante tanto estropicio?”.

Desde entonces, han transcurrido varios años y, como no se ha hecho nada, los estragos causados por las pantallas no han dejado de aumentar y de agravarse. Basta con observar el comportamiento de adultos, jóvenes, adolescentes y niños en cualquier tiempo y lugar. Todos están pegados a las pantallas, ausentes y alejados de los demás seres humanos, con los que comparten espacio y tiempo. Y las consecuencias de todo esto se ve y se palpa cuando intentan recuperar el estatus de “zoón logikón-loquens” y comunicar “tête-à-tête”: el verbo de los interlocutores no tiene ni sabor ni color ni sabor ni fundamento, como hubiera dicho Karlos Arguiñano. Esto ilustra el encefalograma plano, la nimiedad, la ausencia de mensaje o de comunicación en el comercio lingüístico de los bípedos “empantallados”. Y esta dependencia de la pantallas  hace que sus usuarios estén cada vez más aislados y solos. Por eso, en otro lugar me he preguntado: ¿las personas se conectan cada vez más a las redes sociales porque se encuentran solas o, por el contrario, por estar mucho tiempo conectados a las redes se quedan y se sienten solas? Y, mientras tanto, la casa sin barrer.

La nueva aldea de Astérix resiste. Esta invasión y adicción a los móviles y a las pantallas es algo generalizado en todos los grupos etarios y en todos los países. Pero, por el momento, nadie ha hecho nada operativo para hacerles frente. Por eso, los medios se han hecho eco de la original iniciativa de una nueva aldea de Astérix, poblada de irreductibles Galos, que se ha levantado en armas para resistir contra esta peligrosa invasión de los móviles. En efecto, el alcalde del municipio francés Seine-Port (2.000 habitantes), sito en el sureste de la región parisina, ha decidido coger este toro por los cuernos. Para ello y en concertación con los profesores, los profesionales de la salud y las entidades públicas, convocó un referéndum para decidir si se limitaba o se prohibía el uso de los móviles en los espacios públicos. Obtuvieron la mayoría los que estaban por la prohibición.

Y, acto seguido, el alcalde hizo público un bando en el que se prohibía el uso de los móviles mientras se va caminando por la calle, cuando se está sentado  en un banco público, en las tiendas o cafés, mientras se espera a los hijos a la salida de la escuela o cuando uno intenta orientarse para encontrar una calle (es mejor, como se ha hecho siempre, preguntar la dirección a un vecino), etc. Con esta medida pretende evitar la sobreexposición de los niños y jóvenes a las pantallas, ya que se trata de un auténtico problema de salud pública. Además, aconseja a los padres eliminar cualquier pantalla de la vida de sus hijos: por la mañana al despertarse, durante las comidas, por las noches antes de ir a dormir y cuando están solos en la habitación.

Ahora bien, este bando municipal del alcalde de Seine-Port es, más bien, una medida simbólica. En efecto, el cumplimiento del mismo no será controlado y, en caso de infracción, ni habrá denuncias ni sanciones pecuniarias. Para el alcalde, la aplicación del bando va a depender de la “buena voluntad de los administrados”, los vecinos de Seine-Port. Sin embargo, para incentivar su cumplimiento, por un lado,  el ayuntamiento va a crear un espacio polideportivo y un cine club para los jóvenes y niños; y, por el otro, entregará un teléfono simple, sin conexión a Internet (“un móvil tonto”), a todos los alumnos de 11 años, si los padres se comprometen a no comprarles un “smartphone” hasta que lleguen al instituto (16 años). Con estas medidas, las autoridades municipales confían en que los vecinos vigilen mucho más cómo utilizan los móviles.

A grandes males, grandes remedios. Cuando hay tantas evidencias sobre los estragos causados por las pantallas en todos los grupos etarios (cf. “ut supra” los enlaces o el ensayo de Michel Desmurget), no se puede mirar para otro lado ante el uso, mal uso y el abuso de los móviles, que son los reyes de las pantallas.  

Los medios de comunicación españoles se han hecho y se hacen eco de la gravedad de la pandemia de los móviles. Por eso, en España, como en otros países, la administración educativa, los profesores y los padres se han planteado si hay que limitar o prohibir el uso en el contexto escolar. En efecto, los móviles suelen ser una de las causas de los deficientes resultados escolares; y, por otro lado, juegan un papel cada vez más importante en el acoso despiadado entre alumnos e, incluso, contra los profesores por parte de Grupos de WhatsApp de padres.

Algunos, los ejecutivos de Silicon Valley que están en el origen y desarrollo de estas herramientas digitales, no quieren para ellos y sus familias lo que idean para la masa. Por eso, no disponen de pantallas o las tienen muy limitadas en sus casas; y, además, envían a sus hijos a colegios de toda la vida, en los que las pantallas también están desterradas y la enseñanza se fundamenta en la presencia de un ser de carne y hueso, el profesor.

En oposición a los gurús de Silicon Valley, en España, las autoridades educativas, los padres y los profesores, sin criterio formado, han aceptado ciega y bobaliconamente la invasión de las pantallas en todos los contextos (escuela, familia y vida social). Ahora bien, ante los estragos graves, reales y actuales causados por ellas, la administración educativa, los profesores y ciertos expertos —por ejemplo, en Cataluña— se han enzarzado en un debate sobre la prohibición o no del móvil en la escuela: muchos institutos han optado por prohibir su uso; sin embargo, la consejera de educación, Anna Simó, no está por la labor, ya que “sería una restricción de los derechos de los menores”.

Así y a pesar de que el diagnóstico esté claro para todos, hay discrepancias en cómo y quién le pone el cascabel al gato. Los profesores quieren que la Administración tome una decisión. Y ésta quiere dejar la decisión en manos de los docentes. Y éstos, a su vez, consideran que es un problema de los padres, que les proporcionan el primer móvil a sus hijos a la más tierna edad y que no predican con el ejemplo. Un niño lo que necesita de sus padres es tiempo y que les marquen límites, algo a lo que no están dispuestos. Si no lo hacen, la guerra contra los móviles está perdida. Y ningún alcalde de Seine-Port podrá ganarla.

(*) Traducido al español, en 2020, bajo el título “La fábrica de cretinos digitales. Los peligros de las pantallas para nuestros hijos”, Ed. Booket, Barcelona.

© 2024 - Manuel I. Cabezas González

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17 de abril de 2024