domingo, 8 de mayo de 2022

Caso Pegasus: “¿Y…? ¿Dónde está el problema?”

 

En las últimas semanas, se ha producido una nueva tormenta mediática y política, provocada, una vez más, por los nacionalistas-independentistas-golpistas catalanes, que no dan puntada sin hilo por la causa secesionista. Éstos han salido en tromba, como los de Fuenteovejuna, a partir del 18 de abril de 2022,  al conocerse, a través de la revista The New Yorker, un informe del informático independentista Elies Campo, personaje vinculado a “Tsunami Democràtic” y a los CDR, y  miembro de la plataforma canadiense Citizen Lab (Universidad de Toronto).  

Según el precitado informe, a través del CNI o de otros órganos gubernamentales (Policía Nacional o Guardia Civil), el Gobierno de España se habría dedicado a espiar a unos 60 nacionalistas-independentistas-golpistas catalanes por medio del software Pegasus. Este “malware” se habría infiltrado e instalado en los móviles de los susodichos con una simple llamada o un envío anónimo, sin que las víctimas tuvieran que hacer “clic” en ningún enlace y sin que se dieran cuenta de ello. Este programa malicioso, aunque no es el único en el mercado del espionaje (Sourghum, Hacking Team, Exodus, Sitel, etc. son algunos otros), habría permitido un control total de los usuarios de los móviles infectados: sus ubicaciones, sus conversaciones, sus imágenes, sus videos, sus correos, sus listas de contactos, sus fotos,…

El software Pegasus, ideado por la empresa israelí NSO Group, sólo puede ser adquirido, en principio, por los Gobiernos legítimos, para sus servicios de seguridad. De ahí que las sospechas de los espiados se hayan dirigido hacia los ministerios de Interior y de Defensa. Ahora bien, la compañía israelí que lo comercializa, por un lado, debe elaborar previamente un expediente del comprador para detectar posibles usos indebidos; y, por el otro, a posteriori, debe vigilar el uso que se hace del mismo para que no se violen los derechos humanos. Con este instrumento informático, en teoría, se pretende únicamente ayudar a los Estados a combatir el crimen organizado y el terrorismo. Por eso, la mayoría de los países europeos se han dotado de él o de uno similar (cf. “ci-dessus”).

El descubrimiento de este presunto espionaje a los nacionalistas-independentistas-golpistas catalanes, que participaron activamente en el “procés” de independencia de Cataluña y por lo que algunos fueron condenados, ha provocado una cascada de dimes y diretes, aparentemente a cara de perro, entre los supuestos espiados y el presunto espía, el Gobierno de España. Los primeros se han rasgado las vestiduras ante el presunto espionaje, ilegal para ellos, que ha puesto en entredicho la democracia española; y han sacado a pasear nuevamente el victimismo habitual, para llevar el agua a su molino y así rentabilizarlo. El Gobierno de España, en un primer momento, se ha dedicado a escurrir el bulto y a marear la perdiz a la espera de que, con el paso del tiempo, los medios se centrasen en otras cuestiones.

Ahora bien, con el paso de los días y tirando del hilo del presunto ovillo del espionaje, se ha descubierto que el espionaje no sólo ha existido realmente sino que, además,  se ha practicado contra todo quisqui: tanto contra los extraños (los nacionalistas-independentistas catalanes, i.e. los enemigos de España, de la legalidad vigente, de los principios y valores democráticos,…) como contra los propios (miembros del Gobierno: P. Sánchez, M. Robles, F. Grande-Marlaska, etc.). Y el espionaje se ha hecho tanto desde aquí (España) como desde el “exterior” (extranjero), Félix Bolaños dixit.  

En este guirigay de reproches por parte de los nacionalistas-independentistas-golpistas catalanes, de la parte podemita del Gobierno y de los herederos de la banda terrorista ETA y ante la reacción “maricomplejinesca” de Pedro Sánchez y de su Gobierno, han surgido dos Agustinas de Aragón, Margarita Robles y Macarena Olona. Éstas, en la sesión de control al Gobierno del miércoles 27 de abril de 2022, verbalizaron —como el niño del cuento de H. Ch. Andersen “El  rey desnudo” verdades como puños, lo que millones de españoles piensan, las cuatro verdades del barquero, recogidas en los arts. 1 y 2 de la Ley 11/2002, de 6 de mayo, reguladora del Centro Nacional de Inteligencia

Margarita Robles, le preguntó a la diputada de la CUP Mireia Vehí: “¿Qué tiene que hacer un Estado, un Gobierno, cuando alguien vulnera la Constitución, cuando alguien declara la independencia, corta las vías públicas, cuando realiza desórdenes públicos, cuando alguien está teniendo relaciones con dirigentes políticos de un país que está invadiendo Ucrania?”. ¿Ponerles la alfombra roja? No. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Pues eso, hay que controlarlos, atarlos cortos, siempre legalmente, y aplicarles sólo la ley, pero todo el peso de la ley.

Por su lado, Macarena Olona, en la misma sesión de control y dirigiéndose a los conmilitones de los nacionalistas-separatistas-golpistas catalanes, les leyó la cartilla así: «Líderes independentistas catalanes supuestamente espiados por los servicios de Inteligencia españoles… ¿Y…? ¿Dónde está el problema? ¿Que les han espiado? Poco, poco les han espiado porque en 2017 dieron un golpe de Estado y porque han prometido que volverán a hacerlo. Porque representan una amenaza para el Estado español y el Estado está obligado a defenderse de las amenazas», se respondió ella misma, ante la mirada culpable, huidiza y avergonzada del ministro de la Presidencia, Félix Bolaños.

La casta política, de alta cuna o de baja cama, es fiel a su catadura moral: sin principios ni valores, va a lo suyo, está ocupada y preocupada por poner a salvo su pesebre y su cubil, amorrada a las ubres del erario público.  Y si, alrededor de ellos, el mundo se derrumba y se instaura la ley de la selva, esto la deja indiferente. En efecto, unos, Pedro Sánchez y sus muchachos, quieren permanecer, si es posible “sine die”, en el Gobierno de España; los otros, siempre con el raca-raca, dando pasos, despacio pero sin pausa, para llevar a cabo el programa independentista del cleptómano Jordi Pujol, que él mismo resumió, hace lustros y “de verbo ad verbum”, con estas cuatro palabras: “hoy paciencia; mañana, independencia”. Ante estas actitudes despreciables y censurables de la casta política —de aquí, de allí, de derechas, de izquierdas, de centro— vienen como anillo al dedo aquellas palabras de Martin Luther King, que rezan así: “No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el estremecedor silencio de los buenos”. Menos mal que dos Agustinas de Aragón, Margarita Robles y Macarena Olona, han roto el silencio para indicarnos que el rey va desnudo y el camino a seguir.

© 2022 - Manuel I. Cabezas González
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8 de mayo de 2022


domingo, 10 de abril de 2022

¿Pedro Sánchez, psicópata yonqui del poder?



Al observar la vida política internacional o nacional, la realidad que contemplamos es verdaderamente decepcionante, preocupante, desoladora y no augura nada bueno. Y, entonces, a uno le asalta la duda y se pregunta si estamos en manos de una casta política incompetente y compuesta mayoritariamente por psicópatas yonquis del poder; es decir, en román paladino, por desequilibrados mentales. Por sus actos los conoceremos y lo sabremos. Veamos.  

Si analizamos la  situación internacional de hoy, el pan nuestro de cada día es el enfrentamiento multipolar, claro o soterrado, desencadenado por la invasión de Ucrania por la Rusia de Putin, que está provocando una ristra de consecuencias lesivas para todos. Por sus consecuencias y en la práctica, parece que estemos ya en el preludio de la IIIª Guerra Mundial: muerte de contendientes, masacre de civiles ucranianos, destrucción de ciudades, de infraestructuras y de tejido productivo, desplazamientos masivos de población, tanto exteriores como interiores, problemática acogida de la misma en los países amigos,…; y problemas políticos, económicos y comerciales, sin cuento, a nivel mundial. Y, por lo visto, esto no ha hecho más que empezar. Y, según más de uno, esto puede ir o va a ir de mal en peor.

Y, si examinamos la realidad de España, los momentos que estamos viviendo son también muy críticos por los nefastos efectos políticos, económicos, comerciales, laborales, sociales, educativos,… de la gestión de la malhadada casta política española. Estos efectos aciagos están agravados tanto por la agresión de Rusia a Ucrania como por la desastrosa gestión de la pandemia del coronavirus y de la consecuente crisis económica. No está de más recordar, aunque sólo sea sucintamente, algunos de los efectos más preocupantes.

Por un lado, es obligado citar la subida descontrolada del precio de la energía (gas, luz y otros combustibles), que dificulta o hace imposible cualquier actividad económica y que complica sobremanera la vida doméstica de las familias. Esto ha provocado protestas, paros y/o huelgas en cadena en sectores productivos fundamentales (agricultura, pesca, industria, transporte), que han agravado la situación y que amenazan con paralizar toda actividad económica y conducir a un desabastecimiento generalizado de productos básicos. Los agricultores, los pescadores y los transportistas no pueden trabajar por debajo de los costes de producción o sin tener unos mínimos beneficios, denuncian todos ellos.

Por otro lado, este clima tóxico ya está provocando cierres temporales o definitivos de empresas. Y esto está destejiendo, como Penélope, el tejido productivo, que tanto esfuerzo, dedicación y tiempo han exigido y costado. Por eso, las variables económicas fundamentales están fuera de control. Es el caso de la inflación, que casi supera ya, en marzo de 2022, los dos dígitos (9,8); de la deuda pública, que representaba ya, en diciembre de 2021, el 118,4 del PIB; y del déficit, que ha llegado, en diciembre de 2021, al 6,76 del PIB. Todos estos datos denotan que las constantes vitales de la economía española están fuera de control y sólo dejan presagiar un desenlace muy doloroso y fatal. Y lo peor de todo es que los cimientos del Estado del Bienestar (sanidad, educción y servicios sociales) se están degradando a marchas forzadas y, si no se toman medidas pertinentes, se desmoronarán irremediablemente.

Ahora bien, ¿cómo y por qué hemos llegado a esta situación internacional y nacional? Aunque la respuesta a esta pregunta vale para otros países y líderes, nos vamos a centrar sólo en España y en Pedro Sánchez. El Gobierno de España, presidido por él, tiene a su disposición todos los medios materiales (instituciones, presupuestos, BOE,…) y humanos (miles de asesores en todos los campos) para gestionar el presente y prever-planificar el futuro (i.e. gobernar) con brújula y timón eficaces, para no quedar a la deriva y para que no nos coja el toro. Ahora bien, por los resultados apuntados, todo parece indicar que Pedro Sánchez es un incompetente y/o sólo piensa en satisfacer su patológico apetito de poder y no en gestionar, como lo haría un responsable padre de familia, la “res pública”.

Ante su comportamiento verbal y no-verbal (i.e. su hacer político), demasiados síntomas parecen indicar que Pedro Sánchez, como muchos líderes mundiales, es víctima del “síndrome de Hybris”. Este síndrome no es nada nuevo. En la Grecia clásica, se detectó en los poderosos que, ebrios de éxito y de poder, empezaron a comportarse como tiranos, vejando, despreciando y abusando de aquellos que estaban por debajo de ellos (críticos, colaboradores, ciudadanos). Ahora bien, para luchar contra los políticos dominados por este síndrome, los griegos inventaron y aplicaron un antídoto muy eficaz y radical: la condena al ostracismo.

En nuestros días, David Owen, neurólogo y político británico, describió y analizó esta patología, que empieza por una “megalomanía” (delirio de grandeza) y termina en una “paranoia” (perturbación mental), y cuyos síntomas permiten dibujar, de forma fidedigna, el retrato de la personalidad del presidente P. Sánchez. Según D. Owen, el poder no es ostentado, en la mayoría de los casos, por aquellos que están mejor preparados y son más capaces. Sin embargo, el que lo ostenta se cree el más listo de la clase y termina comportándose como un narcisista y prepotente, dispuesto a cualquier cosa para conservarlo y ampliarlo.

En efecto, los que padecen el “síndrome de Hybris”, borrachos de poder, como Pedro Sánchez, tienen el ego subido: se consideran los más guapos, los más inteligentes, infalibles, insustituibles y omnipotentes. Además, confunden la realidad con la fantasía (“síndrome de la Moncloa”) y son prepotentes, irracionales, insensatos e hipócritas. Y para ello, llevan la mentira, el engaño, la manipulación, la contradicción permanente, la utilización instrumental de los demás… “Que sais-je encore?” por bandera. Y, en su camino hacia el poder, el fin justifica cualquier medio. Y, por eso, no dudan en despojarse de los principios y valores intemporales y en sembrar el camino de cadáveres.

Con bueyes así, uncidos al poder con el “síndrome de Hybris”, no se puede arar. No son más que “roitelets”, que pretenden, como dicen los franceses, “péter plus haut que leur cul”. El sabio José Saramago —que transformó la “información” en “conocimiento” y éste en “sabiduría”; y que no es sospechoso de ser un reaccionario de derechas— participaba de esta opinión cuando dejó para la posteridad la cita que reza así: “la sociedad no puede funcionar sin política. El problema es que la política está en manos de los políticos”. Y añado yo: políticos psicópatas, yonquis del poder, cuya “axiología es la del pícaro (…): más que principios, ostentan mañas”, Amando de Miguel dixit. La paz y el bienestar del mundo, en general,  y de España y de los españoles, en particular,  se está jugando a la ruleta rusa, nunca mejor dicho: V. Putin, P. Sánchez y “gli altri” han cargado ya el revolver. Si no les cortamos las alas y los condenamos al ostracismo, lo inevitable puede o va a suceder.

© 2022-Manuel I. Cabezas González

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9 de abril de 2022